Rodrigo Alonso

Aunque son más populares las anécdotas sobre las condenas y resistencias, lo cierto es que los artistas siempre adoptan y experimentan con los medios y las tecnologías que les proveen sus épocas. De alguna manera, la contemporaneidad implica asumir ese desafío. Sin embargo, es un error pensar que esa adopción deriva necesariamente en una actitud acrítica o celebratoria. Las historias del cine underground, el videoarte o el net.art (por mencionar solo algunas) demuestran que el uso de determinadas técnicas por parte de artistas comprometidos no solo abre el camino hacia usos alternativos, sino que, en el mismo proceso, se produce una reflexión sobre los modos en que ellas inciden sobre la cotidianidad, las formas sociales y los recursos del poder.

Las tecnologías introducen igualmente ciertas fricciones con los medios artísticos establecidos, al punto de llevarlos a cuestionarse su propia entidad. “En vano se aplicó mucha agudeza para decidir si la fotografía es un arte –sostiene Walter Benjamin en 1936, en uno de sus ensayos más famosos– sin plantearse la cuestión previa sobre si la invención de la primera no modifica por entero el carácter del segundo”. Mas sin llegar a los extremos, esas fricciones pueden abrir campos de investigación, y espacios de diálogo y confrontación, de los cuales pueden surgir interrogantes de verdadera productividad estética.

La obra de Fabian Marcaccio se mueve en este terreno exploratorio. Su singular integración de construcciones pictóricas, prótesis escultóricas, estructuras arquitectónicas, tensiones narrativas, resonancias fotográficas y manipulación digital aborda la complejidad de nuestro mundo actual a través de un entramado de información referencial y plástica que compromete la participación intelectual y física del espectador.

Paintant Stories (2000) es paradigmática en este sentido. Su escala monumental promueve el movimiento del observador y lo invita a develar sus niveles de sentido a través del recorrido, acercamiento y alejamiento de su masa inabarcable. Travelling, zoom in y zoom out que recuerdan a los desplazamientos cinemáticos de una cámara de cine, solo que aquí es el público quien encarna ese lugar y de una manera activa, a diferencia de lo que sucede con él en las salas cinematográficas.

Esta inducción a la actividad es también diferente a nuestra experiencia habitual frente a una computadora. A través de ella podemos manipular imágenes, acercarlas y alejarlas hasta límites inconcebibles, pero todo esto se lleva a cabo desde la estaticidad motriz. La aproximación y la distancia son aquí efectos, simulaciones de una travesía inmóvil fingida por un algoritmo, pura representación. Por el contrario, Paintant Stories exhibe una materialidad atractiva y elocuente, a partir de la cual la información no se obtiene sino con esfuerzo. Su lectura exige un cierto agenciamiento, una voluntad, el ejercicio de una aproximación subjetiva y subjetivizante.

El universo del ordenador es el ámbito de lo híbrido por excelencia. Pero también es el lugar donde todo se homogeneiza, se achata, pierde profundidad. Esta propiedad le brinda, curiosamente, una potencialidad plástica: en su interior las imágenes son maleables, se pueden modificar e intervenir con facilidad, pueden mudar de valores estéticos (color, brillo, saturación), pueden oscilar entre la figuración y la abstracción. Pero sus producciones planas, a diferencia de las pictóricas, no poseen espesor. Carecen de texturas, de efectos de superficie, de esa cualidad física que hace que uno quiera tocar una pintura, palpar su extensión, sentir esa ambigüedad de ser al mismo tiempo una ventana a otro mundo y un artefacto del nuestro.

En Paintant Stories, Marcaccio exaspera este componente táctil de la imagen plástica con el fin de ampliar los contrapuntos con las impresiones digitales que utiliza como fondo. El conflicto pone de manifiesto las metamorfosis perceptivas de los últimos años como el resultado de una doble puja visual y material. A esto agrega la componente temporal del recorrido, que extrae a las imágenes de su estatismo y las proyecta como flujo-imaginario-en-movimiento en la cabeza del espectador. El concepto de pintante, de pintura en actividad, hace referencia justamente a esto: no ya a la acción del artista sobre el soporte, sino a la necesaria performatividad del observador.

Pero el conflicto llama la atención también sobre otro tema. Y es que, aunque hablemos de universo digital, de imágenes binarias, de composiciones numéricas, el ser humano solo puede percibir sus resultados en el mundo analógico de los sentidos. Nuestros órganos sensoriales no detectan ceros y unos, sino propiedades continuas, matices, variaciones, zonas de intensidad estética. Lo digital, en todo caso, ha venido a renovar esos matices e intensidades con sus formas de aparecer, con la gama cromática propia de nuestros tiempos de monitores omnipresentes, con las escalas colosales que sobrecogen la mirada, con su dinamismo y velocidad.

Todo esto se pone en juego en cada paintant como reflexión sobre el presente pero como meditación también sobre el porvenir de la pintura. Porque Marcaccio entiende que lo digital ha venido a friccionarla pero no a hacerla desaparecer. El término paint-ant la incorpora como raíz, como antecedente y como matriz productiva. Después de todo, si acaso podemos interpretar una imagen es porque aprendimos a ver y a analizar, y en el panorama de nuestros referentes visuales y analíticos la pintura ocupa un lugar todavía irrenunciable.

Este lugar no lo determina su posición en el circuito artístico, sino que es histórico, cultural y social. Factores que están en el corazón mismo de Paintant Stories, como ejes de su propuesta narrativa y como sustrato comunitario y epocal.